El inspector aprovechó la ocasión para interrogar al mayordomo, una vez se hubo retirado el doctor.
- Mala cosa, señor -decía éste-. La señora está muy mal, y no quiere comer. Estas cosas no pasaban en otros tiempos...
- Ya veo, ya veo -interrumpió Barbrady. Y dígame, Adams, ¿Cuándo fue exactamente que echaron de menos a la niña?
- Bien, en realidad fui yo el último en verla. Fue el martes por la tarde, me dijo que se iría a casa de los Tredwell y pasaría allí la noche con su amiga Jenny. El doctor ya lo sabía, y no la esperaban hasta ayer jueves para el almuerzo, cuando vendría con su amiga. La señora Ardicott se molestó mucho cuando no llegaron, y para las seis de la tarde estaba ya muy preocupada. Telefoneó a casa de los Tredwell y allí le dijeron que la pequeña Victoria nunca había ido. La señora se puso muy mal, y el doctor hizo lo posible para calmarla. Entonces les llamó... Sinceramente, en tiempos de mi antiguo señor, estas cosas...
- Me imagino, Adams -le cortó el inspector. Seguramente esto debe ser duro para alguien que ha estado tanto tiempo con la familia. ¿Cuántos años lleva al servicio en esta casa?
- Treinta y un años, señor. Cuando llegué, el señorito Michael tenía sólo seis años, y la niña Cinthia tres...
- ¿Es que tiene el doctor una hermana? No lo sabía... -mintió Barbrady.
- Oh, no, señor, la niña falleció en la infancia... un triste accidente, tenía tan sólo once años -lamentaba el viejo-. El señor Archibald nunca pudo superarlo. Su esposa había muerto en el parto, y entonces quedó solo con el señorito Michael, que tenía catorce... Si tan solo hubiera conocido a su nieta, tan rubia y tan hermosa como su hija... Esto es terrible, espero que no le haya pasado nada...
- Eso esperamos, Adams. Gracias, puede retirarse, no quiero hacerlo sufrir más.
Y el mayordomo abandonó el salón cabizbajo. Al cabo de unos instantes, el doctor Ardicott ingresaba nuevamente.
Continuará...

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